Era un día soleado y la pequeña Ana, de un año, jugaba en el jardín con su osito de peluche llamado Toto. De repente, ¡plop! Algo suave cayó al suelo. Era una zapatilla roja. Ana miró a Toto y dijo: "¿De quién es?"
Ana, muy curiosa, decidió investigar. Agarró a Toto y se fue gateando por el jardín. Primero, encontró a su amigo el perrito, que estaba olfateando. "Guau, guau", ladró el perrito. Ana le mostró la zapatilla, pero el perrito solo movió la cola y siguió jugando.
Más adelante, Ana vio al gato, que estaba dormido bajo un árbol. "Miau, miau", dijo el gato cuando Ana se acercó. Ana levantó la zapatilla. El gato solo bostezó y siguió durmiendo. "No es del gato", pensó Ana.
Ana siguió gateando y llegó al columpio. Allí estaba su amiga, la muñeca Rosa. Ana le mostró la zapatilla. "¡Toc, toc!", dijo Ana alegremente al tocar a Rosa. Pero Rosa solo sonrió. "Rosa tampoco la perdió", pensó Ana.
De repente, Ana escuchó un sonido. "¡Toc-toc-toc!", era el tambor del tamborilero. Ana se acercó y vio que el tamborilero solo tenía una zapatilla. "¡Aquí está!", exclamó Ana.
Ana le dio la zapatilla al tamborilero, que sonrió y tocó una canción divertida. "Toc, toc, toc", sonaba el tambor. Ana aplaudió y Toto también.
Ana volvió a su manta, feliz de haber resuelto el pequeño misterio. Su mamá apareció y la abrazó. "Siempre es bueno ayudar a otros", dijo mamá.
Ana sonrió y pensó que investigar era muy divertido.
Siempre es bueno usar la curiosidad para aprender y ayudar.