Luna tiene 1 año. Camina con pasitos suaves por la sala. En su mano lleva una lupa de juguete. Hoy es su juego favorito: ser “detective”.
En la alfombra hay un osito. Al lado, una taza de plástico. Todo está tranquilo. Luna oye un sonido: “tic, tic”. Se detiene. Mira.
En la mesa falta algo. Falta la galleta redonda de la merienda.
Mamá sonríe. “Oh, Luna, misterio”.
Luna aplaude. “¡Ga-ye-ta!”, dice.
Mamá señala. “Vamos a buscar pistas”.
Luna mira el suelo. Ve migas pequeñitas. Migas como puntitos. Luna las toca con un dedo. “Mi-ga”, dice.
Las migas van en fila, despacito, hasta la cocina. Luna sigue la fila. Paso a paso. Tú también puedes mirar: ¿a dónde van las migas?
En la cocina, Luna ve una silla. Debajo hay una cuchara. Encima de la silla hay una mancha de miel, muy chiquita. Luna huele. “Mmm”, hace.
Papá llega con un paño. “Yo vi algo”, dice. “Una sombra bajita y rápida”.
Luna se ríe. Ella es bajita. Pero hoy no fue ella.
Luna escucha otra vez: “tic, tic”. El sonido viene de la despensa. Luna se acerca con mamá. Mamá abre la puerta despacio.
Dentro está Ro, el robot de limpiar. Está dando vueltas. En su rueda hay algo pegado. Algo redondo. Algo dorado.
Luna señala. “¡Ga-ye-ta!”
Mamá lo saca con cuidado. “La galleta se pegó aquí cuando Ro pasó por las migas”, dice.
Papá apaga a Ro. “Ro solo trabaja. No come”, dice, y se ríe.
Luna toma la galleta. Está entera. Mamá la parte en dos. “Una para Luna, una para Ro… de broma”, dice.
Luna le da a Ro una palmadita suave. “Gra-cias”, dice.
La sala vuelve a estar en calma. Luna guarda su lupa.
Moraleja: Cuando miramos con calma y pedimos ayuda, los misterios se vuelven un juego feliz.