Lola la conejita vive en una casa-cueva. Es suave y tibia. Hoy huele a pan. Lola va a la mesa. Falta una galleta de zanahoria.
Lola pone sus orejas de detective. Mira. Sonríe. «Vamos a buscar», dice.
En el suelo hay migas. Pequeñas. Van en fila. Lola sigue la fila. Primero a la alfombra. Luego al cojín. Allí hay una mancha naranja.
«Pista uno: naranja», dice Lola.
Lola llama a su amigo Tito el ratoncito. Tito trae una lupa de juguete. «Yo miro», responde. Tito ve un hilito de zanahoria.
Van a la cocina. La caja de galletas está cerrada. «Mmm…», dice Lola. «Entonces no fue de la caja».
Lola mira la ventana baja. Está un poco abierta. En el marco hay pelitos blancos. «Pista dos: pelos», dice.
Oyen un “ñam ñam” suave. Viene del jardín. Detrás de una maceta hay una bolita blanca.
Es Nube, el corderito. Tiene la galleta. La sostiene con sus patitas. «Yo tenía hambre», dice Nube.
Lola se acerca despacio. «Está bien», responde. «Pero pedimos primero». Tito asiente. Nube baja la cabeza. «Perdón», dice.
Lola parte la galleta en tres. Se sientan en la hierba. Comparten. Se ríen. Tito se limpia la nariz con una hoja.
Nube cierra la ventana con cuidado. «Ahora sí», dice.
Moraleja: Pedir y compartir hace el día más dulce.