El Misterio de la Pelota Perdida
Había una vez un niño pequeño llamado Miguel. Miguel tenía un año y adoraba jugar en el parque. Un día soleado, mientras jugaba con su amiga, la gatita Lila, encontró algo extraño. ¡Era una pelota brillante y colorida!
—¡Mira, Lila! —dijo Miguel, levantando la pelota—. ¿De quién será?
Lila, con sus ojos grandes, miró la pelota.
—¡Miau! —respondió, inclinando la cabeza.
Miguel sonrió. Juntos, decidieron buscar al dueño de la pelota. Caminaron por el parque, buscando pistas.
Primero, pasaron por el columpio.
—¿Es tu pelota, amiguito? —preguntaron a un niño que jugaba allí.
—No, ¡pero es muy bonita! —dijo el niño.
Siguieron caminando y encontraron un camino secreto detrás de unos arbustos.
—Vamos, Lila —dijo Miguel—. ¡Puede haber más pistas!
El camino los llevó a un pequeño lago. Allí, vieron a una niña con un peinado de trenzas.
—¿Te pertenece esta pelota? —preguntó Miguel.
La niña se giró y sonrió.
—¡Sí! —exclamó—. ¡Gracias por encontrarla!
Miguel y Lila estaban muy contentos.
—¡Hurra! —gritó Miguel, y Lila saltó de alegría.
Todos fueron juntos a jugar, y la amistad creció. Así, Miguel y Lila aprendieron que resolver misterios siempre es más divertido con amigos. ¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!