El misterio del globo perdido
Era un día soleado en el parque. Todos los niños jugaban y reían. Entre ellos estaba Pablo, un niño de un año. Pablo tenía un globo rojo. ¡Era su globo favorito!
—¡Mira mi globo, mira! —decía Pablo, sonriendo.
De repente, un fuerte viento sopló. El globo de Pablo voló alto, muy alto.
—¡Oh no! —gritó Pablo—. ¡Mi globo!
Pablo miró alrededor. Su amiga Lila, una niña con un vestido amarillo, corrió hacia él.
—¿Qué pasó, Pablo? —preguntó Lila.
—Mi globo se fue volando —dijo Pablo, triste.
—¡Vamos a buscarlo! —dijo Lila con una sonrisa—. ¡Podemos ser detectives!
Pablo y Lila se pusieron a buscar. Miraron hacia el cielo. Miraron detrás de los árboles.
—¿Lo ves, Pablo? —preguntó Lila.
—No —respondió Pablo, sacudiendo la cabeza—.
Entonces, escucharon un sonido. Era un pájaro que tenía el globo en sus patas.
—¡Mira! —exclamó Lila—. ¡El pájaro tiene tu globo!
—Sí, ¡el pájaro! —gritó Pablo, emocionado.
El pájaro voló hacia un árbol. Pablo y Lila se acercaron con cuidado.
—Vamos a pedirle el globo —sugirió Lila—.
—¡Hola, pajarito! —dijo Pablo—. ¿Me das mi globo?
El pájaro miró a Pablo. Luego dejó caer el globo.
—¡Gracias, pajarito! —gritaron los dos niños.
Pablo sonrió. Lila sonrió. ¡El globo estaba de vuelta!
—¡Eres un gran detective, Pablo! —dijo Lila.
—¡Sí! —respondió Pablo—. ¡Nosotros resolvimos el misterio!
Y así, Pablo y Lila jugaron felices, con el globo rojo brillando bajo el sol. Fin.