Había una vez un niño llamado Lucas. Lucas tenía cuatro años. Era un niño alegre y divertido. Pero había algo que le daba miedo: ¡la oscuridad!
Cada noche, cuando se apagaban las luces, Lucas se sentía un poco asustado. Miraba a su alrededor y decía: “¡Mamá, tengo miedo!”
Su mamá llegaba rápido y le decía: “No te preocupes, Lucas. Estoy aquí contigo.”
Lucas miraba a su mamá y sonreía. Ella le daba un abrazo fuerte y suave. “¿Quieres escuchar una historia?” preguntó su mamá.
“¡Sí!” dijo Lucas. Se acurrucó en la cama.
Mamá contaba historias de valientes animales. Había un león, una jirafa y un pequeño ratón. “El ratón no tenía miedo”, decía mamá. “Él siempre encontraba la luz.”
Lucas escuchaba con atención. “¿Y cómo lo hacía?” preguntó.
“Mira”, dijo mamá. “El ratón llevaba una linterna. Así veía todo en la oscuridad.”
Lucas pensó en eso. “¡Yo quiero una linterna!”
Esa noche, papá le dio una linterna a Lucas. “La puedes usar cuando te sientas asustado”, dijo papá.
Lucas se sintió más seguro. “Gracias, papá”, dijo sonriente.
Esa noche, apagaron las luces. Lucas prendió su linterna. “¡Mira, hay sombras divertidas!” dijo. Ya no tenía miedo.
Con su linterna y el abrazo de su mamá, Lucas descubrió que la oscuridad no era tan aterradora.
“¡Buenas noches, mamá! ¡Buenas noches, papá!” dijo Lucas. Se durmió tranquilo y feliz.
La oscuridad era solo un lugar para soñar.