En la escuela, había un niño llamado Lucas. Lucas tenía dos años. A Lucas le gustaba jugar con sus amigos, pero había algo que le daba miedo: la oscuridad.
Una tarde, la maestra Ana dijo: "Hoy vamos a hablar sobre el miedo al oscuro". Lucas miró a sus amigos. "¿Tienen miedo?", preguntó. Todos asintieron. "No estoy solo", pensó Lucas.
La maestra Ana sonrió y dijo: "Cuando tengamos miedo, podemos respirar profundo". Lucas respiró hondo. "Inhalo... exhalo", dijo. Sus amigos lo imitaron. "¡Es divertido!", rió Lucas.
Después, la maestra apagó las luces. "Miren, hay estrellas en la pared", dijo. Lucas miró y sonrió. "¡Estrellas!", exclamó.
La maestra les enseñó a contar hasta diez. "Uno, dos, tres...", contaron juntos. Lucas se sintió valiente. "No tengo miedo", dijo.
Cuando llegó la noche, Lucas se durmió tranquilo. "La oscuridad es amiga", susurró. Y así, Lucas aprendió que con respiraciones y risas, la oscuridad no da miedo.