Había una vez una niña llamada Ana. Ana tenía tres años. A Ana le gustaba jugar, reír y bailar. Pero Ana tenía un pequeño miedo. Tenía miedo de la oscuridad.
Una noche, Ana se fue a la cama. Todo estaba callado. La habitación estaba oscura. Ana miró alrededor y dijo: "¡Ay, tengo miedo!".
De repente, apareció un pequeño amigo. Era un ratón llamado Tito. Tito era valiente y divertido. "Hola, Ana", dijo Tito. "No tengas miedo. La oscuridad es solo el lugar donde descansan las estrellas".
Ana sonrió un poco. "¿De verdad?", preguntó. Tito asintió. "Sí, Ana. Vamos a contar las estrellas. Uno, dos, tres...".
Ana empezó a contar con Tito. "Cuatro, cinco, seis...". Ana se sentía más tranquila. "Mira, Ana, las estrellas brillan", dijo Tito. "Y yo estoy aquí contigo".
Ana se rió. "¡Gracias, Tito! La oscuridad no es tan mala". Tito sonrió. "Así es, Ana. Siempre hay luz, aunque no la veamos".
Ana cerró los ojos. Se sintió segura. "Buenas noches, Tito". "Buenas noches, Ana", respondió Tito.
Y así, Ana aprendió que la oscuridad puede ser especial. Ahora, Ana ya no tenía miedo. ¡Era valiente como Tito!