Había una vez un pequeño niño llamado Lucas. Lucas tenía un año y vivía con su mamá y su papá. Todas las noches, cuando llegaba la hora de dormir, Lucas sentía un poco de miedo porque el cuarto se ponía oscuro.
Una noche, su mamá se sentó a su lado y le dijo: «No te preocupes, Lucas. El cuarto oscuro es un lugar seguro». Lucas miró a su mamá y sonrió un poco.
Su papá entró a la habitación con una pequeña lámpara. «Mira, Lucas», dijo su papá mientras encendía la lámpara. La luz era suave y cálida. «Esta lámpara es especial. Nos ayuda a ver cuando está oscuro».
Lucas miró la lámpara con curiosidad. La luz hacía que las sombras en la pared se movieran despacito.
«¿Ves esas sombras, Lucas?», preguntó su mamá. «Son como amigos que bailan». Lucas rió y se sintió mejor.
Su papá le mostró un libro con dibujos de estrellas. «Las estrellas brillan en la noche, igual que esta lámpara», explicó. Lucas señaló las estrellas en el libro y su papá hizo cosquillas en su barriga.
«¡Estrellas, estrellas!», dijo Lucas, riendo.
Después, su mamá le dio a Lucas su osito de peluche favorito. «El osito también está aquí para cuidarte por la noche», dijo. Lucas abrazó fuerte a su osito y bostezó.
«Ahora, cierra los ojitos, Lucas», dijo su mamá. «La lámpara, las sombras y tu osito están aquí contigo. No hay nada que temer».
Lucas cerró los ojos y escuchó a su mamá cantarle una canción suave. Poco a poco, se quedó dormido, sintiéndose seguro y feliz.
La oscuridad ya no parecía tan mala. Con su lámpara, sus sombras amigas y su osito, Lucas aprendió que la noche puede ser un momento tranquilo y bonito.
Moraleja: Con un poco de luz y amor, el miedo se convierte en confianza.