Había una vez un pequeño osito llamado Bruno. Bruno vivía en un bosque hermoso. Durante el día, jugaba con sus amigos, los pájaros y las ardillas. Pero cuando llegaba la noche, Bruno sentía miedo.
"No me gusta la oscuridad", decía Bruno. "Es muy oscura y silenciosa".
Una noche, su amiga la luciérnaga, Lila, vino a visitarlo. "Bruno, no tengas miedo", le dijo. "La noche es diferente, pero también es bonita".
Bruno miró a Lila. "Pero está oscuro", dijo con un susurro.
"¡Mira!", dijo Lila. "Las estrellas brillan en el cielo. Son como pequeños faros". Bruno miró hacia arriba. ¡Las estrellas eran hermosas!
"Y escucha", añadió Lila. "Se oyen los grillos. Están cantando". Bruno escuchó. El canto de los grillos le sonaba alegre.
"¿Te gustaría aprender a no tener miedo?", preguntó Lila. Bruno asintió con la cabeza.
"Cuando llegue la noche, respira profundo. Cuenta hasta cinco y mira las estrellas", explicó Lila.
Esa noche, Bruno intentó lo que Lila le había enseñado. Respiró profundo, contó hasta cinco y miró al cielo.
"¡Me gustan las estrellas!", dijo Bruno, sonriendo.
Desde esa noche, Bruno ya no tuvo miedo de la oscuridad. Aprendió que la noche podía ser hermosa y divertida. Y así, Bruno siguió jugando con Lila bajo el cielo estrellado.