En un pequeño hogar, vivía una niña llamada Sofía. Sofía tenía dos años y le encantaba jugar durante el día. Le gustaba correr, saltar y explorar. Pero cuando el sol se ocultaba y la noche llegaba, Sofía se sentía un poco asustada.
“¡Mami! ¡Tengo miedo de la oscuridad!” decía Sofía con voz temblorosa. Su mamá, con una sonrisa suave, le respondía: “No te preocupes, mi amor. La oscuridad puede ser amable. Vamos a hacer que tu habitación sea un lugar especial.”
La mamá de Sofía tomó una lámpara de luz suave y la encendió. “Mira, Sofía, esta luz es como un abrazo cálido,” dijo. Sofía sonrió al ver la luz tenue que iluminaba su habitación. “¡Me gusta!” exclamó.
Luego, la mamá de Sofía decoró la habitación con estrellas brillantes. “Mira esas estrellas en la pared. Ellas están aquí para cuidarte,” explicó. Sofía miraba las estrellas con ojos grandes y brillantes. “¡Son hermosas!” dijo con alegría.
Esa noche, Sofía se metió en su cama. “¿Qué pasa si tengo miedo?” preguntó. Su mamá se sentó a su lado y dijo: “Si tienes miedo, puedes contar las estrellas. Una, dos, tres… ¡hasta diez! Y recuerda, siempre estoy aquí contigo.”
Sofía comenzó a contar las estrellas. “Una, dos, tres… ¡diez!” Y se sintió un poco más tranquila. “¿Puedo abrazar a mi oso?” preguntó. “Claro, el oso también te cuidará,” respondió su mamá, dándole un abrazo fuerte.
Con su oso de peluche en brazos, Sofía cerró los ojos. La luz suave iluminaba su habitación y las estrellas brillaban en la pared. Sofía se sintió segura y feliz. “¡Buenas noches, mamá!” dijo con una sonrisa.
“Buenas noches, mi amor. Sueña con estrellas y aventuras,” respondió su mamá. Sofía se durmió, sintiendo que la oscuridad era solo un lugar mágico lleno de sueños.
Y así, Sofía aprendió que la noche no era tan aterradora. Con la luz suave, las estrellas y el abrazo de su mamá, la oscuridad se convirtió en un lugar cálido y lleno de sueños.