En una casa pequeña, vivía un niño llamado Tomás. Tomás tenía un año y le encantaba jugar con sus juguetes. Durante el día, todo era divertido y brillante, pero cuando llegaba la noche, Tomás sentía miedo.
—¡Mami, tengo miedo! —decía Tomás, mirando a su mamá con ojitos grandes.
Su mamá se acercaba con una sonrisa y le decía:
—No te preocupes, Tomás. Estoy aquí contigo.
Mamá apagaba la luz y encendía una pequeña lámpara de estrellas. Las estrellas brillaban en la oscuridad.
—Mira, Tomás, son solo estrellas. Ellas son amigas —decía mamá.
Tomás sonreía un poquito. Las estrellas parecían bailar en la pared.
—¿Bailan? —preguntaba Tomás.
—Sí, bailan —respondía mamá feliz—. Y siempre cuidan de ti.
Esa noche, Tomás se sintió más tranquilo.
—Buenas noches, estrellas —susurró Tomás, cerrando los ojos.
Y así, cada noche, Tomás aprendía a no tener miedo. Las estrellas eran sus amigas y siempre estaban allí.