Una mañana soleada, había dos hermanitas: Ana y Clara. Ana tenía un triciclo rojo y Clara, su gemela, tenía un triciclo amarillo. Las dos eran muy diferentes, pero siempre estaban juntas. Ana decía: "Vamos a correr, Clara." Y Clara respondía: "¡Sí, sí, vamos!"
Las dos se subieron a sus triciclos. Ana pedaleó rápido, rápido, como un cohete. Clara iba despacio, despacito, como una tortuga. Pero las dos se reían a carcajadas. "Rápido, Clara, rápido", decía Ana. "Despacito, Ana, despacito", contestaba Clara.
Las mamás de Ana y Clara las veían desde el parque, sonriendo. Ana frenaba y Clara la alcanzaba. "Te espero, Clara". Y Clara decía: "Gracias, Ana". Era un juego divertido.
Luego, encontraron un charco. "¡Splash, splash!", decía Ana mientras pasaba por el charco. Clara también lo intentó. "Splash, splash", gritó Clara. Las dos estaban empapadas, pero felices.
Ana y Clara decidieron descansar bajo un árbol. "Me gusta ir rápido", dijo Ana. "Y a mí ir despacio", dijo Clara. Las dos se miraron y rieron. "Siempre estamos juntas, Ana", dijo Clara. "Sí, siempre juntas, Clara", respondió Ana.
Después de descansar, las hermanitas regresaron a sus triciclos. "¿Otra carrera?" preguntó Ana. "¡Claro que sí!", contestó Clara. Y así, las dos siguieron pedaleando, a su ritmo, pero siempre juntas.
Esa noche, antes de dormir, Ana dijo: "Me gusta correr contigo, Clara". Y Clara respondió: "Y a mí contigo, Ana". Se dieron un abrazo. La mamá apagó la luz. "Dulces sueños, mis niñas", dijo ella.
Y las dos hermanitas, con sus triciclos en sueños, siguieron corriendo juntas, en su pequeña gran aventura.