Luna tiene tres años y un hermano pequeño llamado Tomás. Hoy están en el salón, jugando con bloques de colores. Luna quiere hacer una torre alta, muy alta. Tomás quiere poner un coche arriba de la torre. “No, Tomás, la torre es solo bloques”, dice Luna. Tomás sonríe y pone el coche, ¡bum!, la torre se cae. “¡Oh no!”, dice Luna. Tomás suelta una risa: “¡Brrm brrm!”. Luna frunce el ceño, pero ve a Tomás haciendo ruidos de coche y se ríe también.
Luna recoge los bloques. “Vamos a hacer otra torre”, dice. Tomás aplaude: “¡Sí, sí!”. Juntos ponen un bloque, otro bloque, y otro más. De pronto Tomás quiere poner un dinosaurio arriba. Luna mira el dinosaurio, mira la torre y dice: “Vale, el dinosaurio puede mirar la torre”. Tomás pone el dinosaurio al lado y hace “Grrr”. Luna imita el rugido: “Grrr”. Los dos se ríen fuerte.
Mamá entra y pregunta: “¿Qué pasa aquí?”. Luna responde: “¡La torre y los amigos!”. Mamá sonríe y les da un abrazo. Tomás dice: “¡Brrm, grrr, ja ja ja!”.
Cuando jugamos juntos, todo es más divertido.