En un pequeño barrio, tres amigos jugaban juntos. Se llamaban Lucas, Mateo y Tomás. Lucas tenía un cochecito especial. Todos los días, ellos exploraban el parque. Un día, cuando el sol se escondía, el parque se volvió oscuro. Lucas miró a sus amigos y dijo:
—¡Tengo miedo!
Mateo, con una sonrisa, le respondió:
—No hay que tener miedo, Lucas. La noche también es bonita.
Tomás, que siempre estaba cerca, dijo:
—Mira, las estrellas brillan. ¡Son como luces en el cielo!
Lucas miró al cielo. Las estrellas titilaban. Comenzó a sentirse mejor.
—¿Podemos contar las estrellas? —preguntó Lucas.
—¡Sí! —gritaron Mateo y Tomás.
Los tres amigos contaron las estrellas. Uno, dos, tres... ¡Diez! Lucas sonrió.
—La noche no da miedo. Es divertida.
Mateo agregó:
—Y siempre estamos juntos.
Tomás sonrió y dijo:
—Nunca estamos solos.
Así, Lucas descubrió que la oscuridad no era tan aterradora. Era un momento de amistad y risas. Con sus amigos, la noche se volvió mágica.
Y así, los tres amigos aprendieron que con amor y compañía, las sombras se vuelven luces.