Luna era una niña muy pequeña. Tenía un año y le gustaba jugar durante el día. Pero cuando caía la noche, Luna se sentía un poco asustada. La oscuridad era grande y la habitación se volvía silenciosa.
Una noche, su mamá se acercó y le dijo: "Mira, Luna, las estrellas están brillando". Luna miró por la ventana y vio puntitos de luz en el cielo. Eran las estrellas. "¡Son bonitas!", exclamó Luna con una sonrisa.
Mamá le enseñó a respirar hondo. "Inhala... y exhala", dijo suave. Luna lo hizo. "Inhala... y exhala". Se sintió más tranquila.
Mamá le dijo: "Escucha, hay sonidos de la noche. Los grillos cantan". Luna escuchó y sonrió. "¡Me gustan los grillos!", dijo feliz.
Así, Luna aprendió que la noche no era tan mala. Con estrellas y sonidos, la oscuridad se volvió un lugar bonito. "Buenas noches, luna", susurró, y se durmió tranquila.