—¡Mamá! —grita un pequeño niño llamado Lucas.
—¿Qué pasa, Lucas? —pregunta su mamá, que está en la cocina.
—Tengo miedo. —Lucas mira al pasillo oscuro.
—¿Miedo de qué? —su mamá se acerca y le acaricia la cabeza.
—De la oscuridad. —Lucas se aferra a su osito de peluche.
—No hay nada que temer, cariño. —su mamá sonríe. —La oscuridad es solo la ausencia de luz.
—¿Qué es ausencia? —pregunta Lucas, curioso.
—Es cuando algo no está. —ella le explica. —Como cuando apagas la luz.
—Pero... —Lucas frunce el ceño. —¿Y si hay monstruos?
—No hay monstruos, Lucas. —su mamá le dice suavemente. —Los monstruos son solo cuentos.
—¿Cuentos? —Lucas se siente un poco más tranquilo.
—Sí. —su madre asiente. —Son historias que contamos. La oscuridad puede ser un lugar tranquilo.
Lucas mira hacia el pasillo.
—¿Tranquilo? —pregunta.
—Sí. —dice su mamá. —La oscuridad puede ser como un abrazo suave.
—¿Un abrazo suave? —Lucas sonríe un poco.
—Sí. —ella le dice. —Mira, vamos a encender una linterna.
Su mamá encuentra una linterna y la enciende.
—Mira, Lucas. —ilumina el pasillo. —No hay monstruos, solo sombras.
Lucas observa las sombras.
—¿Son mis amigos? —pregunta con sorpresa.
—Sí, son tus amigos. —responde su mamá riendo.
—Ya no tengo miedo. —Lucas se siente valiente.
—¡Muy bien! —dice su mamá abrazándolo. —La oscuridad no es tan mala.
Lucas sonríe y cierra los ojos.
—La oscuridad es un abrazo suave. —susurra.
Y así, Lucas aprendió a no tener miedo del negro.