En un campamento de verano, tres amigos estaban muy felices. Se llamaban Leo, Mia y Tomás. Leo tenía una gran sonrisa y le encantaba explorar. Mia era valiente y siempre estaba lista para jugar. Tomás estaba en su silla de ruedas, y siempre tenía ideas divertidas.
Un día soleado, los tres amigos decidieron hacer una gran aventura. "¡Vamos a la playa!", dijo Leo emocionado. "¡Sí!", gritó Mia. "¡Voy también!", dijo Tomás con una sonrisa brillante.
Llegaron a la playa. La arena era suave y cálida. El mar estaba azul y relucía. "¡Mira las olas!", dijo Mia. "¡Vamos a jugar con las olas!", sugirió Leo. Tomás dijo: "¡Sí! ¡Hagamos castillos de arena!".
Los amigos comenzaron a hacer un gran castillo. "¡Tienes que ayudarme, Tomás!", pidió Leo. "Yo puedo traer agua", respondió Tomás. "¡Buena idea!", dijo Mia. Juntos, llenaron cubos de agua y construyeron murallas.
De repente, una ola llegó y derribó el castillo. "¡Oh no!", exclamaron los tres. Pero Tomás sonrió y dijo: "Podemos volver a hacerlo. ¡Vamos a trabajar juntos!". Y así lo hicieron.
Construyeron otro castillo, y esta vez, lo hicieron aún más grande. "¡Es hermoso!", dijo Mia. "¡Estamos haciendo un gran equipo!", dijo Leo. "¡Sí, somos los mejores amigos!", añadió Tomás.
El sol comenzó a ponerse. Los amigos se sentaron en la playa. Miraron el cielo teñirse de colores. "¡Qué bonito es el verano!", dijo Mia. "¡Sí, es divertido estar juntos!", añadió Leo. "Y siempre podemos jugar de nuevo", sonrió Tomás.
Los tres amigos se abrazaron. Pasaron un verano maravilloso, lleno de risas y alegría. ¡Y así, el verano siguió siendo especial, porque lo pasaron juntos!