En un bosque soleado, vivía un pequeño conejo llamado Tito. Tito estaba muy feliz porque era verano. El sol brillaba y las flores pintaban de colores el campo.
Un día, Tito salió a jugar. El suelo estaba tibio y la brisa era suave. Tito saltaba y corría, sintiendo el césped fresco bajo sus patas. “¡Qué día tan bonito!”, decía Tito con una sonrisa.
Cerca del río, Tito vio a su amiga, la tortuga Lila. “Hola, Lila”, saludó Tito. “¿Jugamos juntos?”. Lila movió lentamente su cabeza y dijo, “Sí, Tito, vamos a divertirnos”.
Juntos, Tito y Lila encontraron una charca clara. “Vamos a chapotear”, sugirió Tito. Lila sonrió, “¡Me encanta el agua!”. Los dos amigos se metieron en la charca, salpicando y riendo. El agua estaba fresca, y Tito sintió cosquillas en sus patitas.
Después de jugar, Tito y Lila se acostaron en la hierba para descansar. Tito miró el cielo azul y dijo, “Me gusta el verano. Es tan alegre”. Lila asintió, “Sí, Tito. Y es divertido aprender cosas nuevas cada día”.
De repente, Tito vio una flor amarilla cerca. “¡Mira, Lila! Esa flor es nueva para mí”. Lila la olfateó y dijo, “Es una flor de verano. Huele dulce, ¿verdad?”. Tito asintió feliz, disfrutando el aroma.
El sol comenzó a bajar y el cielo se tiñó de colores suaves. Tito y Lila regresaron a sus casas, contentos de su día.
Las vacaciones de verano eran un tiempo especial para Tito, lleno de descubrimientos y felicidad.
A veces, lo más simple nos enseña a ser felices.