¡El verano llegó!
Lucas, un niño pequeño de un año, estaba muy emocionado. ¡Era tiempo de vacaciones! Su mamá le decía: “Vamos a la playa, Lucas”. Lucas sonreía y aplaudía. “¡Playa, playa!”, gritaba feliz.
El día llegó. Lucas subió al coche con su mamá y su papá. “¿Vemos el mar?”, preguntó. “Sí, vamos a ver el mar”, respondieron sus papás.
El coche avanzaba. Lucas miraba por la ventana. “¡Árboles, árboles!”, decía. Los árboles pasaban rápido. “¡Yayo, yayos!”, reía al ver las flores en el camino.
Al llegar a la playa, Lucas sintió la arena en sus pies. “¡Arena, arena!”, decía sorprendido. Su mamá le llevó a la orilla. “Mira, Lucas, el mar”, dijo ella. Lucas miró. “¡Agua, agua!” El mar brillaba bajo el sol.
Jugaron en la arena. Lucas hacía un castillo. “Mamá, castillo”, decía. Su mamá sonreía y le ayudaba. “¡Bonito castillo!”, decía ella. Lucas estaba feliz.
Luego, fue hora de comer. Su papá sacó un picnic. “¡Comida, comida!”, gritó Lucas. Comieron juntos. “¡Rico, rico!”, decía mientras comía su sándwich.
Al final del día, el sol comenzaba a esconderse. “¡Adiós, playa!”, decía Lucas. “Volveremos mañana”, prometieron sus papás.
Así, Lucas aprendió que el verano es tiempo de jugar, reír y estar con la familia. “¡Me encanta el verano!”, decía mientras se dormía.
Y así, el verano estaba lleno de alegría.