Había una vez un hombre pequeño llamado Tomás. Tomás vivía en un bosque lleno de árboles grandes y hojas que cantaban con el viento. Un día, Tomás escuchó una risa suave, como campanitas. Era una hada con alas de luz. El hada dijo: “Tomás, te doy un don mágico. Puedes hacer brillar las cosas con tu sonrisa”.
Tomás sonrió y una flor gris se volvió roja y dorada. “¡Oh, qué bonito!”, dijo Tomás. Caminó hasta una fuente mágica. “Hola, fuente”, dijo Tomás. “Estoy triste”, dijo la fuente. Tomás sonrió y el agua brilló como el sol. “¡Gracias, Tomás!”, dijo la fuente feliz.
Tomás siguió andando y llegó a un puente de arcoíris. El puente temblaba. “Tengo miedo”, susurró el puente. Tomás sonrió y el puente se volvió fuerte y seguro. “¡Eres valiente, Tomás!”, dijo el puente.
Tomás ayudó a todos con su sonrisa mágica. El bosque cantó de alegría. El hada volvió y susurró: “La bondad es el poder más mágico”.
Tomás aprendió que una sonrisa es como un rayito de sol: da luz y hace feliz a todos. Y así, Tomás y el bosque vivieron siempre alegres, llenos de magia y de amor.