En un valle claro, vivía una mujer llamada Lía. Tenía una capa azul y una voz suave. Cada tarde caminaba por un sendero de luz.
Un día vio una puerta pequeña, hecha de luna. La puerta brilló como una vela. Lía puso su mano y la puerta se abrió.
Dentro había un jardín. Las flores cantaban bajito. Un río de plata hacía “shh, shh”. Un hada pequeña voló cerca y dijo: «Hola, Lía». Lía sonrió y dijo: «Hola, hada».
El hada le dio una estrella tibia, como pan recién hecho. «Esta estrella guía», dijo el hada. Lía la puso en su palma. La estrella dio una luz dulce.
Lía siguió el camino. La luz tocó las hojas. Las hojas hicieron un baile lento. En un rincón, un caracol tenía su casita al revés. Lía se agachó. Con un dedo, muy despacio, giró la casita. El caracol sacó sus cuernos y dijo: «Gracias». Lía dijo: «De nada».
Luego la estrella subió al cielo y se volvió farol. El jardín quedó más claro. El hada aplaudió. Lía volvió a su casa con el corazón calmado.
Moraleja: Una mano suave y buena enciende luz para todos.