MarĂa tenĂa dos años. Era una niña muy feliz. Un dĂa, su mamá le dijo:
— ¡MarĂa, vamos a la playa!
MarĂa sonriĂł. Le encantaba la playa.
— ¡SĂ, playa! — gritĂł contenta.
Empezaron a preparar las cosas. Su mamá le dio una toalla grande y colorida.
— Mira, MarĂa, esta es tu toalla.
MarĂa mirĂł la toalla. Era amarilla con flores.
— ¡Flores! — dijo MarĂa.
Luego, su mamá le dio un sombrero.
— Pon esto, hace sol.
MarĂa se puso el sombrero. Era grande y divertido.
— ¡Soy una princesa! — exclamó.
Cuando llegaron a la playa, MarĂa vio el mar.
— ¡Agua! — dijo con ojos grandes.
La mamá de MarĂa la llevĂł a la orilla.
— Mira, el agua es fresquita.
MarĂa metiĂł los pies en el agua.
— ¡FrĂa! — riĂł.
Luego, hizo un castillo de arena.
— ¡Castillo! — gritó feliz.
Su mamá la ayudó a hacer torres altas.
— ¡Mira, mamá! — dijo MarĂa.
Era un castillo muy bonito.
Después, jugaron a recoger conchas.
— ¡Mira esta! — dijo la mamá.
— ¡Brillante! — respondiĂł MarĂa.
Al final del dĂa, MarĂa estaba cansada.
— ¡DĂa divertido! — dijo sonriendo.
Su mamá la abrazó.
— ¡SĂ, muy divertido!
Y asĂ, MarĂa y su mamá volvieron a casa, felices y llenas de arena.