María tiene tres años y le encanta el otoño. Un día, su mamá la lleva al parque. ¡Vamos, hop! María lleva su bufanda y su gorro. Hace fresquito, brrr. Los árboles están llenos de hojas de colores: rojo, amarillo y marrón. María dice: «¡Mira, mamá, las hojas caen!».
Las hojas hacen «crunch-crunch» al pisarlas. María ríe. «¡Qué divertido!», dice ella. Su mamá sonríe y añade: «El otoño es mágico, ¿verdad?». María asiente con su cabecita.
Juegan a recoger hojas bonitas. «Esta es roja, esta es amarilla», dice María. Las meten en una bolsita. «Vamos a hacer un dibujo en casa con ellas», dice su mamá.
María ve una ardilla, «¡Mira, mamá, una ardillita!». La ardilla se mueve rápido, «toc-toc», salta de rama en rama. María aplaude, «¡Qué rápida!».
Luego, María y su mamá encuentran un charco. «¡Plash, plash!», hace el agua cuando saltan. «¡Viva el charquecito!», ríe María.
El aire tiene un olor fresco, como a tierra mojada. María respira profundo. «Huele bien, mamá», dice ella. Su mamá responde, «El otoño huele a naturaleza».
Al final del día, María y su mamá vuelven a casa. María está cansada pero feliz. «Hoy fue un día bonito, mamá», dice con un bostezo. Mamá la abraza, «Sí, mi amor, el otoño es un tiempo especial».
Antes de dormir, María piensa en las hojas, la ardilla y el charco. Cierra los ojos y sueña con el parque.
Aprender a disfrutar las pequeñas cosas hace que cada día sea especial.