En la cocina vivía Tizón, un bichito rojo con cuernitos suaves y cola en forma de gancho. Era pequeño, como una taza. Se creía muy valiente. Y muy útil.
Cada noche, la casa hacía su magia de diario. La escoba barría sola. La tetera cantaba “pi, pi”. Y el jabón hacía burbujas con cara de “¡hola!”.
Tizón se puso una capa hecha con un paño. “Soy el gran mago”, dijo. La cuchara de madera respondió: “Ajá”.
Tizón tocó el grifo. “¡Agua, sal ya!”. El agua salió y le mojó la nariz. “¡Eso era mi plan!”, dijo Tizón, sacudiéndose.
Luego quiso encantar el pan. Le habló muy serio: “Pan, sé pan… súper pan”. El pan se quedó igual. Pero saltó una miga y le hizo cosquillas en la oreja. Tizón se rió: “¡Miga maga!”.
La escoba pasó corriendo. Tizón gritó: “¡Alto, dragón peludo!”. La escoba se frenó. La escoba dijo: “Solo barro”. Tizón dijo: “Yo también, pero con estilo”.
De pronto, el gato vio la cola de Tizón y dio un saltito. Tizón se escondió detrás de una olla. La olla dijo: “Aquí cabes”. El gato olió, ronroneó y se fue a por su leche.
Tizón salió y se subió al taburete. “Misión cumplida”, dijo. La tetera cantó más suave. La cocina quedó limpia y tibia. Tizón bostezó y se acurrucó en un paño.
Moraleja: Con juego y cariño, la magia de casa se vuelve risa y calma.