Había una vez un dragón pequeñito llamado Puf. Puf no volaba mucho. Puf vivía en una casa de té. La casa de té tenía una tetera con magia. La tetera cantaba al amanecer. Puf la escuchaba y bailaba con las patas cortas.
Un día la tetera gritó: «¡Ay!» Puf fue a ver. La tetera había cambiado de canción. Ahora cantaba como un burro. Puf puso la oreja. «¿Qué pasa?» dijo Puf. La tetera respondió con burla: «Tengo hipo de burro.»
Puf rió. Puf sopló. Nada. Puf saltó. Nada. Puf probó con un cuento. «Había una vez un pez con botas...» La tetera tosió y se calmó. Pero al abrir la tapa salió una nube de té que olía a fresa. La nube se volvió nube-juego. Saltó por la casa. Hizo cosquillas a la silla. Hizo cosquillas a la cama. La cama sonrió y dijo: «¡Más!» Puf y la nube jugaron a pilla-pilla.
Luego la cuchara mágica se puso a bailar con las galletas. Las galletas rodaron como sol. Puf no entendía. Todo era un caso de magia traviesa. Puf fue a la ventana. Afuera, la luna guiñó un ojo. «Vente a casa,» dijo la luna con voz blanda. Puf volvió. La nube se fue a dormir en la tetera. La cuchara y las galletas cantaron una nana.
Puf se metió en una taza grande. Puf cerró los ojos. La casa olía a té y a risas. La tetera susurró: «Buenas noches.» Puf sonrió y roncó suave.
Moraleja: La magia del día puede ser juego y cariño si la miras con risa.