Había una vez un niño llamado Tomás que tenía un año. Un día, mientras jugaba en el jardín, encontró una varita mágica debajo de una flor. "¡Oh, oh!" dijo Tomás, señalando la varita. La agitó y, de repente, ¡el perro de la familia, Rufus, comenzó a hablar!
"¡Guau! ¡Hola, Tomás!" ladró Rufus, moviendo la cola muy contento. Tomás rió y aplaudió, "¡Bravo, Rufus!"
Con su nueva varita, Tomás hizo que las flores cantaran. "La-la-la," entonaron las margaritas. Luego, agitó la varita hacia el cielo y, ¡plop!, empezó a llover burbujas. "¡Burbujas!" gritó Tomás, intentando atraparlas.
Un pato que nadaba en el estanque vio las burbujas y exclamó, "¡Cuac! ¡Qué divertido!" Tomás y Rufus se unieron al pato, todos saltando y chapoteando en las burbujas. "¡Splash, splash!" se escuchaba por todo el jardín.
El sol comenzó a bajar, y Tomás sintió sueño. "Hora de descansar," dijo la abuela, que había estado observando todo desde la ventana.
Abrazó a Tomás y dijo, "Hoy fue un día mágico, ¿verdad, pequeño?" Tomás bostezó, asintiendo con una sonrisa.
A veces, la magia está en jugar juntos y reír sin parar.