Había una vez una niña llamada Ana. Un día, Ana encontró un sombrero mágico en el jardín. "¡Oh, qué bonito!", dijo Ana. Se lo puso y, de repente, ¡toc-toc!, el sombrero empezó a hablar. "Hola, Ana", dijo el sombrero con una voz alegre. "¿Quieres jugar?"
Ana rió y saltó de felicidad. "¡Sí, sí!", respondió. El sombrero mágico hizo "hop" y lanzó burbujas de colores por todo el aire. Las burbujas rebotaban en el suelo, "pop, pop", y Ana las perseguía riendo.
De pronto, una burbuja gigante atrapó a Ana. "¡Oh!", exclamó, pero el sombrero dijo: "No te preocupes, es un viaje divertido". La burbuja llevó a Ana flotando hasta las nubes. "¡Mira, estoy volando!", gritó Ana.
Desde allí arriba, Ana vio su casa, el parque y el río. "¡Qué pequeño es todo!", dijo. La burbuja bajó suavemente, "pluf", y Ana aterrizó en el jardín otra vez. "¡Gracias, sombrero!", dijo Ana, abrazando al sombrero mágico.
El sombrero hizo una reverencia, "¡hop!", y se quedó en la cabeza de Ana, listo para más aventuras. Ana sonrió y dijo: "¡Vamos a jugar todos los días!"
Y así, Ana y el sombrero mágico vivieron muchas aventuras, siempre juntos y felices.
La magia está en todas partes si sabemos mirar con el corazón.