En la cocina del castillo de la Colina Suave vivía una taza azul. Tenía asa y mucho orgullo. Esa noche quería ser maga.
“¡Abracadabra, leche tibia!”, dice la taza.
La leche salta… y cae en una cuchara. La cuchara se pone un bigote blanco.
“Soy el Gran Barbaespuma”, responde la cuchara.
La taza se ríe. “Yo soy Taza-la-Seria”.
Entra una tostada en un plato, como un caballero. Hace “crac” al caminar.
“Vengo a la misión del desayuno”, dice la tostada.
La taza mueve su asa como varita. “¡Que llueva miel!”
Cae miel, sí, pero cae en un calcetín que dormía cerca. El calcetín se pega al suelo y queda como caracol.
“Ahora soy Sir Pegajín”, dice el calcetín.
Todos ríen. El plato gira. La tostada saluda. La cuchara se mira el bigote y hace “¡oh!”.
De pronto, el reloj de pared hace “tic-tac” muy fuerte. La taza se asusta un poquito, solo un poquito.
“Tranquila”, dice el plato. “Es el tambor del tiempo. No muerde”.
La taza respira. “Vale. Mejor un hechizo fácil. ¡Cacaolat a la taza!”
Esta vez sale bien. La leche con cacao cae en la taza, calentita. La cuchara se limpia el bigote. El calcetín se despega con agua. La tostada se baña en miel, feliz.
Todos brindan: “¡Salud y migas!”
Moraleja: Con calma y risa, la magia de casa siempre sale bien.