Había una vez un pequeño pato llamado Plumita. Plumita vivía cerca de un lago rodeado de árboles altos y verdes. El lago brillaba como un espejo bajo el sol. Cada mañana, Plumita saludaba al agua:
—¡Hola, agüita!
Y el agua respondía con suaves ondas.
Un día, Plumita vio una luz misteriosa entre las flores. Era una mariposa azul, tan azul como el cielo.
—¡Hola, Plumita! —dijo la mariposa—. ¿Quieres volar conmigo?
Plumita movió sus alitas.
—¡Quiero volar! —dijo muy contento.
La mariposa tocó las alas de Plumita con su ala mágica. ¡Zas! Plumita sintió cosquillas y, de repente, sus alas eran grandes y suaves como nubes.
—¡Vuela, Plumita! —animó la mariposa.
Plumita batió sus alas. ¡Arriba, arriba! Subió sobre el lago, sobre los árboles, sobre las flores. El viento susurraba:
—¡Bravo, Plumita!
—¡Mira, puedo ver mi casa! —dijo Plumita.
Las ranas, desde abajo, croaron alegres:
—¡Qué valiente eres!
Plumita voló con la mariposa. Vio un bosque dorado, un río de plata, y un campo lleno de margaritas blancas como la luna.
—Todo es tan bonito —dijo Plumita.
Después, Plumita sintió ganas de volver.
—Quiero regresar a mi lago.
La mariposa sonrió.
—Muy bien, Plumita. Recuerda: la magia está en tu corazón.
Plumita bajó y volvió a nadar en su lago.
—¡Gracias, mariposa!
Esa noche, Plumita contó su aventura a las estrellas.
—Hoy fui muy valiente.
El lago le susurró:
—Sí, Plumita. Eres valiente y sabio.
Y Plumita cerró los ojos, feliz. Había aprendido que, con un poco de valor, cualquier pato puede vivir grandes aventuras y que siempre es bueno volver a casa, donde están los amigos y donde el corazón se siente bien.