En un pueblo lleno de magia, vivía un pequeño niño llamado Nico. Nico tenía 18 meses y era muy curioso. Le gustaba explorar, aunque no siempre le salía bien. En este pueblo, los héroes preferían dormir la siesta en vez de ir a la aventura. ¡Qué divertido!
Un día, Nico encontró una varita mágica debajo de su cama. "¡Brilla!", dijo Nico, emocionado. Con su varita, decidió ir al jardín. Allí, vio a su amigo el conejo, que siempre usaba un sombrero muy gracioso.
"Hola, conejo", dijo Nico.
"Hola, Nico", respondió el conejo, bostezando. "Hoy hace un buen día para dormir".
Nico agitó la varita y, ¡puf!, salió una nube de burbujas. Las burbujas volaron por el aire. "¡Mira, burbujas!", dijo Nico, riendo.
El conejo miró las burbujas y, sorprendido, se puso a saltar. "¡Qué divertido!", dijo el conejo, riendo también.
Nico siguió agitando la varita. "¡Más burbujas!". Pero, de repente, la varita hizo que las flores del jardín empezaran a cantar. "¡Lalalá!", cantaban las flores.
El conejo se rió tanto que se cayó su sombrero. "¡Nico, eres un mago!", dijo el conejo.
Nico se rascó la cabeza. "No soy un mago, solo soy Nico". Y siguió agitando la varita, feliz.
Al final, el sol comenzó a esconderse. Nico y el conejo se sentaron en el suelo, mirando cómo las burbujas flotaban hacia el cielo. "Buenas noches, burbujas", dijo Nico suavemente.
"Buenas noches, Nico", dijo el conejo con un gran bostezo.
Y así, en el pueblo donde los héroes dormían la siesta, Nico y el conejo se quedaron dormidos, soñando con más burbujas y aventuras al día siguiente. Fin.