En una granja, un pequeño niño llamado Lucas miraba por la ventana. ¡Era otoño! Las hojas de los árboles eran amarillas y anaranjadas. Lucas sonreía.
—¡Mira, mamá! —decía Lucas—. ¡Las hojas caen!
—Sí, Lucas. Es tiempo de recoger —respondía su mamá con una sonrisa—. Vamos a la granja.
Lucas corría hacia el campo. Allí, la tierra estaba llena de calabazas. Eran grandes y redondas. Lucas tocaba una calabaza.
—¡Es suave! —decía Lucas—. ¡Me gusta!
Su mamá le decía:
—Vamos a hacer una fiesta de otoño. Vamos a decorar.
Lucas ayudaba a recoger las calabazas. Las ponía en una cesta. ¡Era divertido! Reía y saltaba.
—¡Mira, mamá! —decía mientras recogía más—. ¡Otra calabaza!
—Muy bien, Lucas. ¡Eres un gran ayudante! —decía su mamá.
Después, decoraron la casa con hojas y calabazas. Lucas colgaba hojas en las ventanas.
—¡Es bonito! —decía Lucas—. ¡Es otoño!
Cuando todo estaba listo, la familia se sentó a comer. Comieron sopa de calabaza y pan. Lucas probó la sopa.
—¡Está rica! —decía Lucas—. ¡Me gusta el otoño!
Su mamá sonreía y decía:
—El otoño es especial. Las hojas, las calabazas, y la familia.
Lucas miraba por la ventana. Las hojas seguían cayendo.
—¡Adiós hojas! —decía con alegría.
El otoño era mágico. Lucas aprendió sobre la cosecha y la familia. ¡Qué bonito es el otoño!