Había una vez un pequeño lobo llamado Lolo. Lolo era muy, muy perezoso. A él no le gustaba correr ni saltar. ¡Oh no! A Lolo le gustaba dormir y soñar.
Un día, Lolo se despertó y dijo: "Hoy quiero ser un aventurero". Pero, ¡ay! Se quedó en la cama. “Un ratito más”, dijo.
Mientras tanto, en el bosque, sus amigos estaban muy ocupados. La tortuga Tula estaba contando hojas. "¡Son diez, son diez!", decía feliz. El conejo Riko estaba buscando zanahorias. "¡Rápido, rápido!", gritaba. Pero Lolo no quería moverse.
De repente, un unicornio apareció. Se llamaba Brillo y tenía un cuerno de colores. “¡Hola, Lolo! ¡Vamos a buscar tesoros!”, dijo Brillo. Lolo miró su cama y pensó: “¿Tesoros? Pero mi almohada es tan suave...”.
Brillo sonrió y dijo: “¡No te preocupes! ¡Buscaremos tesoros divertidos!”. Lolo se estiró y salió de su cama. “Está bien, Brillo. Vamos a ver”.
En el bosque, encontraron un árbol con caramelos. “¡Mira, Lolo! ¡Un tesoro dulce!”, dijo Brillo. Lolo sonrió y comió un caramelo. “Mmm, ¡rico!”
Luego, un dragón pequeño se unió a ellos. Se llamaba Chispa y era muy juguetón. “¿Quieren jugar a esconderse?”, preguntó Chispa. Lolo dijo: “¡Sí, pero no corro!”
Así que el dragón los contó. Lolo se escondió detrás de un arbusto. “¡Ssshh!”, dijo. Pero Lolo se quedó dormido. Cuando Chispa y Brillo lo encontraron, se rieron. “Lolo, ¡estabas durmiendo otra vez!”.
Lolo sonrió y dijo: “¡Ser un aventurero es cansado!”.
Al final del día, Lolo volvió a su cama. “Ser perezoso y aventurero es divertido”, pensó. ¡Y se quedó dormido soñando con nuevos tesoros!