En un bosque pequeño y divertido, vivía un niño llamado Tomás. Tomás tenía dieciocho meses y le encantaba explorar. Siempre llevaba su gorra roja y su camiseta azul. Un día, mientras jugaba, encontró un objeto brillante en la hierba. ¡Era una varita mágica!
Tomás miró la varita. "¿Qué es esto?" preguntó. La varita relució y dijo con una voz juguetona: "¡Soy tu amiga mágica! ¡Vamos a divertirnos!"
Tomás sonrió. "¡Sí, vamos!" agitó la varita. De repente, ¡los árboles comenzaron a bailar! "¡Mira, los árboles bailan!" rió Tomás. Los árboles giraban y hacían ruido. ¡Era muy gracioso!
"Ahora, quiero un helado", dijo Tomás. Agitó la varita otra vez. ¡Puff! Apareció un helado gigante. "¡Helado, helado!", gritó Tomás. Pero, ¡oh no! El helado comenzó a caer. "¡Ay, helado!" dijo Tomás riendo. Se llenó de frío y de risas.
La varita dijo: "¡Vamos a hacer más travesuras!" Tomás asintió. "¡Sí, más travesuras!" Agitó la varita, y de repente, ¡los pájaros comenzaron a cantar chistes! "¿Por qué el pajarito no va a la escuela?" preguntó uno. "¡Porque ya tiene plumas!" Todos se rieron, incluso Tomás.
De repente, un conejo saltó. "¡Hola, Tomás!", dijo el conejo. "¿Qué haces con esa varita mágica?" Tomás respondió, "¡Hacemos reír a todos!" El conejo sonrió. "¡Vamos a jugar juntos!"
Tomás, el conejo y la varita comenzaron a jugar. Hicieron que los colores del cielo cambiaran. "¡Azul, rojo, amarillo!", gritaban todos. Risas llenaban el aire. Todo era alegre y divertido.
Al final del día, Tomás miró a sus nuevos amigos. "¡Gracias, varita!", dijo. "¡Gracias, conejo!" La varita brilló y dijo: "¡Siempre estaré contigo! ¡Diviértete siempre!"
Tomás sonrió y se despidió. Con su gorra roja y su camiseta azul, volvió a casa, lleno de risas y sueños mágicos.