Luna tiene 4 años. Hoy lleva una mochila roja. Dentro hay una manzana, una galleta y una cuchara.
En la sala, el cojín grande parece una montaña. Luna sube con calma. “¡Mira, mamá!”, dice. Mamá sonríe. “Valiente Luna”, responde.
En el suelo hay una línea de cinta azul. Es un río. Luna pone dos libros como puente. Camina despacio. Un pie. Luego el otro. Se ríe. “¡Cruzo el río!”, dice.
En la cocina, una silla es un barco. Luna se sienta. Toma su cuchara como remo. “Remo, remo”, dice. Papá hace “glu glu” con un vaso. Luna se ríe más.
Pero hay un pequeño problema: su galleta cae al “río”, cerca del puente. Luna la mira. Piensa un poco. “Necesito una idea”, dice.
Busca su calcetín limpio. Lo pone en la mano como una mano larga. Se agacha. Muy cerca. Con cuidado. Toca la galleta. La acerca. La levanta. “¡La tengo!”, dice.
Mamá aplaude suave. “Lista Luna”, dice. Papá asiente. “Y con calma”, responde.
Luna comparte la galleta. Un trocito para mamá. Un trocito para papá. Ella come el suyo.
Luego van al pasillo. La lámpara hace una luz redonda en la pared. Luna la sigue con el dedo. “Es una luna”, dice. Todos miran. Todo está tranquilo.
Luna guarda la mochila. Se acurruca en su cama. “Mañana, otra aventura”, dice.
Moraleja: Con calma, ideas y ayuda, cada día puede ser una aventura segura y feliz.