Había cuatro niñas. Son muy chiquitas. Tienen casi un año. Se llaman Ana, Bea, Cici y Dora. Juegan en la alfombra. La alfombra es un mar. Un cubo es un barco. Una manta es una isla.
Ana mira la ventana. "¡Mira!" dice Ana. Bea aplaude. Cici señala el sol. Dora ríe. Las cuatro quieren explorar. Se ponen en fila. Se ayudan a gatear. Una mano toma la otra. Se ríen.
Encuentran una caja. La caja es una cueva. Dentro hay un calcetín azul. El calcetín es un tesoro. Todas lo miran. Ana lo huele. Bea lo agarra con cuidado. Cici lo pone en la cabeza. Dora lo usa como timón. El barco avanza.
Llega una colina de cojines. La colina es alta. Juntas suben. Un cojín cae. Bea lo sujeta. "Yo te ayudo", dice Ana. Cici empuja. Dora canta. Suben y suben. Ríen al llegar a la cima. Desde allí ven la cocina. La cocina es un gran valle.
Oyen un ruido suave. Es la gata. La gata trae una cuerda. La cuerda brilla. Las niñas la siguen. La cuerda las guía hasta la mesa baja. Hay una fruta en un plato. Es una manzana pequeña. Ana la toca. La manzana rueda. Bea la atrapa. Cici la parte en dos con sus manos. Dora da un mordisco. Comparten la fruta sin pelear. Todo es juego y risa.
Luego la luz cambia. La siesta llama. Las niñas se sienten cansadas. Se envuelven en la manta isla. El barco detiene su viaje. La gata se acurruca. Los padres miran desde la puerta y sonríen.
Todas cierran los ojos. Sueñan con nuevos viajes. Mañana habrá otra aventura en casa.
La curiosidad, la ayuda y una risa hacen cada día una gran aventura.