Leo tiene dos años. Vive en una casa suave y luminosa. Hoy quiere explorar.
Mamá le pone su gorra azul. Papá le da una mochila pequeña. Dentro hay una galleta, una botellita de agua y un pañito.
«¡Aventura!», dice Leo.
La gran aventura empieza en el pasillo. El suelo brilla. Leo camina despacio. Un calcetín está en medio, como una montaña blanda.
Leo se agacha. Piensa. Luego lo toma con sus dos manos. Lo pone en el cesto. «Listo», dice.
En la sala hay una silla. Bajo la silla vive el Polvo Pequeño. No da miedo. Solo hace cosquillas en la nariz.
Leo mira. Ve una pelusa. «Ajá», dice. Busca su pañito. Limpia suave. La pelusa se va. Leo ríe: «¡Adiós, pelusa!».
Ahora va a la cocina. Hay una caja con tapas. Son tapas de colores. Una tapa rueda y rueda.
«¡Oh!», dice Leo.
La tapa se mete bajo la mesa. Leo se tumba. Mira. La tapa está lejos. No pasa nada. Mamá se agacha a su lado.
«Yo te ayudo», dice mamá.
Leo tiene una idea. Toma una cuchara larga. La empuja suave. La tapa sale.
«¡Sí!», dice Leo.
Papá aplaude. «Eres listo», dice papá.
Luego Leo ve un charquito de agua cerca del fregadero. Es pequeño, como una luna en el suelo.
«Resbala», dice papá.
Leo no corre. Da un paso atrás. Piensa. Trae un paño. Mamá sostiene su mano. Leo seca el agua, poco a poco.
«Seco», dice Leo.
La casa parece un mapa. El baño es una cueva de toallas. La cama es una colina de almohadas. Leo sube, baja y canta bajito.
Al final, vuelve al sofá. Bebe agua. Come su galleta.
«Mañana otra», dice Leo, con sueño.
Mamá lo abraza. Papá le da un beso.
Moraleja: Cuando miras con calma y pides ayuda, cada día se vuelve una aventura segura y alegre.