En un castillo de piedra clara vivía la caballera Alba. Tenía capa azul, casco brillante y un sueño grande. Miraba el cielo y decía: «Hoy haré una gran misión».
Una mañana, el rey le dio un encargo suave y noble: llevar una campanita de plata al puente del río, para llamar a los amigos del pueblo a la fiesta. Alba montó a Brisa, su caballo blanco. «Vamos, Brisa», dijo.
El camino era largo, pero el sol estaba tibio. Alba cantaba bajito. De pronto vio un charco grande. El puente estaba cerca, pero el charco estaba en medio. Alba pensó con calma. Miró a un lado. Vio piedras planas. «Puedo pasar por aquí», dijo. Puso una piedra, luego otra. Brisa dio pasos lentos. Alba sostuvo la campanita con cuidado. Pasaron juntos. «Lo hicimos», dijo Alba.
Más adelante, una rueda del carrito del panadero estaba atascada en barro. El panadero miró a Alba. «Ay», dijo. Alba bajó. «Yo ayudo», respondió. Buscó una rama fuerte. Empujó suave. El panadero empujó también. La rueda salió. «Gracias, caballera», dijo el panadero. Alba sonrió. «Para eso soy caballera», respondió.
Al fin llegaron al puente. Alba subió a una piedra alta, como en las leyendas. Levantó la campanita. «¡Clin, clin!», dijo la campanita. Salieron niños, mamás y papás. Todos aplaudieron. Alba se sintió valiente y feliz. Brisa movió la cola.
Esa tarde hubo música y pan dulce, y Alba contó su misión con ojos soñadores.
Moraleja: Con calma, ayuda y un corazón valiente, las pequeñas misiones se vuelven grandes.