En un reino muy, muy lejos, vivía un caballero misterioso. Nadie sabía su nombre. Llevaba una capa azul y un casco brillante. Tenía un escudo grande y una espada de madera. El caballero caminaba por el bosque. A su lado iba su amigo, el perrito Lupo.
El sol brillaba. Los pájaros cantaban. El caballero miró a Lupo y le dijo: «Lupo, hoy vamos a buscar la estrella dorada». Lupo movió la cola. «¡Sí, sí!», dijo el perrito.
Caminaron despacio entre los árboles. De repente, vieron un arroyo. El agua era fresca. El caballero miró el arroyo y pensó: «¿Cómo cruzamos?». Lupo saltó primero. El caballero buscó una piedra grande. Puso la piedra en el agua y cruzó despacito.
Del otro lado, todo estaba tranquilo. Había flores rojas y mariposas. El caballero y Lupo siguieron adelante. Un conejito blanco los miraba. «Hola, caballero», dijo el conejito. «¿Qué buscas?». El caballero contestó: «Busco la estrella dorada».
El conejito sonrió. «Sigue el camino de flores», dijo. El caballero agradeció al conejito. Lupo olisqueó las flores. Siguieron el camino de flores. De pronto, vieron una montaña pequeña. El caballero miró la montaña. «Parece alta», dijo. Lupo ladró: «Tú puedes».
El caballero subió despacito. Usó sus manos y subió fuerte. Lupo iba detrás. Al llegar arriba, vieron la estrella dorada en una piedra. El caballero la tomó con cuidado. «¡Lo logré!», dijo feliz.
Bajaron juntos, contentos. El caballero se sentó bajo un árbol. Lupo se acostó a su lado. El caballero dijo: «Gracias, Lupo». Lupo lamió su mano.
Y así, el caballero misterioso fue valiente, pensó bien y no se rindió.
A veces, ser valiente es intentarlo despacio, y mejor aún si es con un amigo.