Capítulo 1: La avenida pegajosa
Había una vez un niño de tres años llamado Nico. Nico tenía los ojos como dos galletas y una risa que sonaba como campanillas. Un día, caminaba con su mamá por la calle y, de repente, apareció una avenida que no estaba allí antes. Era la Avenida de los Autocollantes.
La avenida brillaba. El suelo estaba cubierto de pegatinas grandes y pequeñas. Había estrellas que cantaban, nubes que guiñaban y patitos que daban vueltas. Nico se paró en seco. "¡Mamá, mira!", dijo con voz feliz. "¡Vamos a la avenida!"
Su mamá sonrió. "Paseamos un ratito", dijo. Nico puso el pie en una pegatina y la pegatina hizo "plof" y se pegó suavemente a su zapato. Nico se rió. Todo olía a limonada y a azúcar suave. Todo sonaba como un paraguas que aplaude.
Caminaban despacio. Cada pegatina tenía una pequeña sorpresa. Un sol sonrojado contaba chistes. Una luna bostezaba y decía: "¿Otro cuento, por favor?" Nico tocó una pegatina de rana. La rana lanzó un "¡croac!" que se convirtió en una canción. Nico cantó y la canción rebotó en los tejados.
En medio de la avenida había una caja antigua. La caja era como un cofre de tesoros pero pequeñita. Estaba cubierta de pegatinas: un conejo con sombrero, una nube con lentes, un coche que guiaba una orquesta. Nico se acercó con cuidado. La caja tenía un botón que brillaba como una miga de pan dorada.
"¿Abrir?" preguntó Nico. La mamá asintió. Nico apretó el botón y la caja se abrió con un suspiro de algodón. Dentro había un dado. No era un dado cualquiera. Era un dado brillante con colores que cambiaban como helado derretido. Tenía números y dibujitos: un sol, una nube, una risa, una pata de pato, una taza de té y un corazón.
"¡Un dado mágico!" dijo Nico en voz baja. El dado parecía esperar. Se movía un poquito como si quisiera saltar.
Capítulo 2: Tirar el dado
Nico cogió el dado con las dos manos. Tenía la sensación de que si lo tiraba algo divertido iba a pasar. La mamá sonrió y se sentó en un banco hecho de pegatinas suaves. "Prueba", dijo.
Nico respiró hondo. Cerró los ojos un segundo. "Uno, dos, tres", contó como un tambor pequeño, y lanzó el dado. El dado voló como una burbuja y cayó en una pegatina de torta. La pegatina dijo: "¡Toque!" y se abrió como una flor.
El dibujo que salió fue un sol sonriente. De la pegatina salió un rayito que le hizo cosquillas en la nariz a Nico. Nico estornudó y se rió. El sol sonrió más grande. "Brilla", dijo. Todas las pegatinas del suelo se volvieron un poquito más doradas. Caminaban y el mundo parecía más cálido, como una manta de merienda.
Nico quiso tirar otra vez. "Otra vez", dijo. Tiró y el dado mostró una nube con lentes. La nube bajó y le prestó a la mamá unas gafas pequeñas. "¡Ahora veo las cositas brillantes!", dijo la mamá con voz dulce. La nube contó historias cortas en voz baja y todos escucharon como si fuera una canción.
Tiró de nuevo. Salió una risa. La risa se convirtió en globos que olían a vainilla. Los globos levantaron suavemente a un pequeño caracol que estaba durmiendo en una pegatina. El caracol dio vueltas en el aire como una cometa y luego volvió a su hoja con una pequeña reverencia. "Gracias", dijo el caracol. Nico aplaudió.
Cada tirada del dado hacía algo tierno y gracioso. A veces las cosas eran chiquitas, a veces grandes, pero siempre amables. La avenida se llenaba de risas y de susurros. Un pato pegatina enseñó a bailar a los zapatos de Nico. Los zapatos aprendieron a zapatear con ritmo pachón, pachón. "¡Bravo!", dijo una pegatina de aplauso.
Nico hablaba con el dado. "¿Qué saldrá ahora?" preguntó. El dado parecía sonreír con sus colores. Cuando salió la taza de té, aparecieron pequeñitas teteras que servían té de fresa a las flores. Las flores se tomaron su té y se sacudieron como si fueran plumas. La avenida olía a calma y a galleta tibia.
Una vez, el dado mostró una pata de pato. De pronto, un charco de agua apareció y los patos pegatina comenzaron a patinar con botas de lluvia. Nico mostró sus manos y una gota de agua se posó en su palma. No estaba fría. Era suave como un peluche. Nico la besó y la gota rió.
La última tirada fue un corazón. El corazón flotó y llenó la avenida de pequeñas luces. Las luces se sentaron como luciérnagas sobre el cabello de la mamá y sobre la cabeza de Nico. "Gracias", dijo la mamá. "Esto es un paseo perfecto", dijo Nico.
Capítulo 3: Volver a casa
El sol bajó un poquito. La avenida de pegatinas empezó a estornudar hojas de colores. Era hora de volver. Nico miró la caja y dejó el dado dentro con mucho cuidado. Cerró la caja. "Hasta luego", susurró.
Mientras caminaban hacia su casa, las pegatinas les hicieron una fila como un trenito. Cantaron una canción suave. Nico caminó con pasos tranquilos. Su corazón aún latía como un tambor pequeño, pero contento. La mamá le puso la mano en la cabeza y su risa se calmó como una taza de leche tibia.
En casa, Nico se puso el pijama con dibujitos de estrellas pegadas. La cama lo esperaba con una manta que olía a pan recién hecho. "¿Has pasado un buen día?" preguntó la mamá. "Sí", dijo Nico. "La avenida era pegajosa y bonita. El dado hizo cosas chulas."
La mamá besó su frente. "Soñaremos con pegatinas", dijo. Nico cerró los ojos. Vio el dado brillando en una cajita y escuchó una última pegatina que decía: "Buenas noches, pequeño explorador." La risa se hizo suave. La música se fue calmando, como una ola que se dormía.
Nico respiró despacio. Contó hasta tres en su cabeza. Uno, dos, tres. Se acurrucó y sonrió. Afuera, la Avenida de los Autocollantes seguía ahí, esperando la próxima visita. Pero en ese momento, la casa estaba tibia, la mamá cerca y el sueño llegaba como una manta suave.
"Buenas noches", murmuró Nico, y se durmió con la sonrisa de un sol pequeño.