Parte 1
Leo y Bruno casi tenían cuatro años. Casi, casi. Les gustaba decirlo dos veces: “¡Casi, casi!”
Una tarde entraron en un edificio con una puerta grande y brillante. Dentro había un atrio enorme. Pero no era un atrio normal. Era un atrio de globos.
Globos rojos. Globos azules. Globos con lunares. Globos que olían a chicle.
Los globos flotaban como nubes bajitas. Hacían “puf, puf” al rozarse.
“¡Mira, Bruno! Un techo blandito”, dijo Leo.
“Y un suelo saltarín”, dijo Bruno, y dio un brinco. Boing.
En el centro había un cartel colgado de un globo gordo: “Atrio de Globos. Sonríe y no pinches.”
Leo y Bruno sonrieron. Sonrieron fuerte.
“Yo quiero un pasaje secreto”, dijo Leo en voz baja, como si el pasaje tuviera orejas.
“Yo también. ¡Un pasaje secreto con cosquillas!”, dijo Bruno.
Parte 2
Empezaron a buscar. Buscaron detrás de un globo amarillo. Nada.
Buscaron detrás de un globo verde. Nada.
Buscaron detrás de un globo gigante con cara de patata. La patata guiñó un ojo.
“¿Tú escondes una puerta?”, preguntó Leo.
El globo-patata hizo “piii” y señaló con su cuerdecita hacia una esquina.
Allí había un arco hecho de globos en forma de salchicha. Salchicha arriba, salchicha abajo.
Bruno rió: “¡Es una puerta de perritos calientes!”
Pero la puerta no se abría. Tenía un botón redondo, también de globo, que decía: “Pulsa y di la palabra mágica”.
Leo pensó. Bruno pensó. Pensaron con la frente y con la barriga.
“¿La palabra mágica es ‘por favor'?”, probó Leo.
La puerta hizo “mmm… no”.
“¿Y si es ‘¡globo!'?”, probó Bruno.
La puerta hizo “mmm… casi”.
Entonces un globito muy pequeño bajó flotando y les susurró: “La palabra es una risa. Una risa de verdad”.
Leo y Bruno se miraron.
“¿Una risa?”, dijo Leo.
“¡Una risa!”, dijo Bruno.
Los dos hicieron: “¡JA-JA-JA!”
Y otra vez: “¡JA-JA-JA!”
El botón tembló contento. La puerta de salchichas se abrió con un suave “plop”.
Parte 3
Detrás no había oscuridad. Había luz tibia, como una lámpara de noche.
Era un pasaje secreto de globos finitos, como un túnel de burbujas. Sonaba a música bajita: “pom, pom, pom”.
Caminaron despacio. Los globos les rozaban las mejillas, como besitos de algodón.
Al final del túnel había una sala pequeña con una alfombra redonda y una caja.
La caja decía: “Para exploradores casi de cuatro”.
Bruno abrió con cuidado. Dentro había dos narices de payaso.
Leo se puso una. Bruno se puso otra.
Se miraron.
“¡Honk!”, dijo Leo.
“¡Honk!”, dijo Bruno.
Rieron, pero ya más suave.
Volvieron al atrio y los globos parecían mecerse, como si les dieran las buenas noches.
“Encontramos el pasaje secreto”, susurró Leo.
“Y no daba miedo”, susurró Bruno.
Se sentaron un momentito en el suelo saltarín. Respiraron.
Los globos hicieron “puf… puf… puf…” muy despacio.
Y así, con narices rojas y sonrisas tranquilas, el atrio de globos se quedó calmado y feliz.