El zorro Rizo tenía la cola más esponjosa del bosque. Cuando caminaba, la cola hacía “fiu-fiu” como una escoba suave. Esa mañana, Rizo se despertó con una idea redondita en la cabeza, como una galleta.
“Hoy voy a contar baldosas blancas”, dijo en voz alta, porque hablar solo le parecía muy divertido.
Salió de su madriguera dando saltitos. El sol estaba tibio, los pájaros cantaban “pío-pío” y el aire olía a pan, aunque no había pan. A veces el bosque olía a cosas imaginadas.
Rizo caminó hasta la casa de la señora Lila, una vecina que tenía una veranda de cristal pegada a la cocina. Era una veranda bonita y luminosa… y también un poco loca. Porque estaba llena de espejos.
No espejos serios y quietos. No. Eran espejos con ganas de jugar.
“Buenos días, Rizo”, dijo la señora Lila, asomando la nariz por la puerta. “¿Vienes a tomar té de hojas?”
“Vengo a contar baldosas blancas”, respondió Rizo muy orgulloso.
La señora Lila abrió más la puerta. “Entonces pasa. Pero cuidado, mis espejos hacen cosquillas.”
Rizo entró en la veranda y se quedó con la boca abierta. Las paredes, el techo y hasta una esquina del suelo tenían espejos. En el centro, el piso era de baldosas: blancas, blancas, blanquísimas, como dientes de nube.
Rizo miró su reflejo. Había un Rizo delante. Luego otro a la derecha. Luego uno muy largo, como fideo. Y uno muy chiquito, como una uva.
“¡Hola, yo!”, dijo Rizo al espejo.
“¡Hola, yo!”, respondieron cien Rizos a la vez.
Rizo rió. “Esto es como una fiesta, pero todos soy yo.”
Se sentó en una baldosa blanca, cruzó las patitas y comenzó su sueño del día: contar.
“Una baldosa blanca… dos baldosas blancas… tres baldosas blancas…”
Pero entonces pasó algo muy raro y muy divertido: cada número salía con un sombrero distinto.
Cuando dijo “cuatro”, el cuatro apareció en el espejo con un sombrero de plátano.
Cuando dijo “cinco”, el cinco llevaba un sombrero de sopa.
Rizo parpadeó. “¿De dónde salen esos sombreros?”
Un espejo cercano, con un marco redondo, pareció guiñarle un ojo. “De tu imaginación, claro”, dijo el espejo con voz suave, como una cucharita en una taza.
Rizo no se asustó. Le encantó. “¡Perfecto! Yo tengo mucha imaginación.”
Siguió contando, muy serio, porque contar es un trabajo importante.
“Seis baldosas blancas… siete baldosas blancas… ocho baldosas blancas…”
En el “ocho”, un Rizo-reflejo apareció con ocho colas. Ocho colas que se movían como ocho plumitas.
“¡Ocho colas! ¡Qué bien barrería la casa!”, dijo Rizo.
“¡Barrería y haría ‘fiu-fiu-fiu-fiu-fiu-fiu-fiu-fiu'!”, cantó un Rizo-reflejo desde la izquierda.
Rizo se rió otra vez y casi se cayó de espalda, pero la baldosa estaba firme y fría, como un helado que no se derrite.
Continuó.
“Nueve baldosas blancas… diez baldosas blancas…”
En el “diez”, el número diez salió marchando, “tap-tap”, como un patito con botas.
“¡Silencio, patito!”, susurró Rizo, porque quería concentrarse.
El patito-diez levantó una patita, saludó, y se quedó quieto. “Tap…”, dijo, y se tragó el resto del sonido, como si guardara “tap” en un bolsillo.
Rizo miró al suelo. Había muchas baldosas. Muchísimas. Tal vez mil. Tal vez un millón. Tal vez una cantidad tan grande como un plato gigante de zanahorias.
“Esto va a tardar”, suspiró.
La señora Lila pasó con una bandeja. “¿Cómo va el conteo?”
“Va… blanco”, dijo Rizo. “Todo es blanco.”
La señora Lila le dio una galleta redonda. “Toma, para que tu boca no se canse de decir números.”
Rizo mordió. “Mmm. Sabe a domingo.”
En ese momento, una baldosa blanca del suelo hizo “plim”. Como si fuera un tamborcito pequeño. Luego otra: “plim”. Luego otra: “plim”.
Rizo abrió bien los ojos. “¡Las baldosas me están hablando!”
Las baldosas no decían palabras. Decían música. “Plim, plim, plim”, como si cada baldosa fuera un dedo tocando una campanita.
Y entonces Rizo tuvo una idea. Una idea brillante, como una cuchara limpia.
“¡Si cantan, puedo contarlas con una canción!”
Se puso de pie y cantó despacito:
“Una baldosa blanca, plim.
Dos baldosas blancas, plim-plim.
Tres baldosas blancas, plim-plim-plim…”
Los espejos escucharon y se animaron. Un espejo alto hizo un eco: “plim… plim… plim…” Un espejo pequeño hizo un eco más pequeño: “pim… pim… pim…”
Rizo se detuvo y miró los ecos. “¡Ustedes también quieren cantar!”
“Sí”, dijeron los espejos, muy educados. “Pero sin gritar. Aquí hacemos música suave.”
Rizo volvió a cantar, y el piso respondió. “Plim, plim.” Los espejos respondieron. “Plim.” La veranda entera parecía una caja de música.
Rizo contó así un rato, feliz. Pero de pronto se confundió.
“Veintisiete… veintiocho… veinti-¿queso?”
Un Rizo-reflejo con bigotes enormes le corrigió: “Veintinueve.”
Rizo se rascó la oreja. “Gracias, bigotón.”
“De nada”, dijo el bigotón, y se le cayó un bigote al suelo. El bigote rebotó como una lombriz de goma y volvió a su sitio. Todo muy normal… en una veranda de espejos.
Rizo siguió. Cantaba y contaba, cantaba y contaba. Pero el conteo parecía no terminar nunca, porque cada vez que llegaba a un número grande, su reflejo lo multiplicaba.
“Treinta baldosas blancas”, decía, y veía treinta Rizos. “Cuarenta”, y veía cuarenta Rizos. “Cincuenta”, y veía cincuenta Rizos, todos saludando.
Rizo se mareó un poquito, como cuando das vueltas para hacerte un torbellino. Se sentó rápido.
“Creo que mi cabeza está haciendo ‘plim'”, murmuró.
Un espejo cercano habló otra vez, con voz de almohada: “No tienes que contarlas todas. Puedes contar solo las que te hagan sonreír.”
Rizo lo pensó. Sonrió. “Eso sí que es una buena regla.”
Miró alrededor. Eligió una fila de baldosas blancas, justo donde el sol hacía un rectángulo dorado.
“Voy a contar estas”, anunció.
“Una… dos… tres… cuatro… cinco…”, dijo, tocándolas con la punta de la pata.
Las baldosas respondieron con “plim” muy bajito. Los espejos hicieron un eco todavía más bajito.
Rizo terminó: “Seis… siete… ocho… nueve… diez.”
Diez baldosas. Diez “plim”. Diez reflejos contentos.
Rizo suspiró, suave. “Ya está. Conté diez. Diez está bien. Diez es redondo, como mi galleta.”
La señora Lila se sentó a su lado. “¿Y qué aprendiste hoy?”
Rizo apoyó la cabeza en su cola, que era como una manta. “Que los espejos pueden hacer cosquillas, que los números pueden llevar sombreros… y que no hace falta correr. Se puede contar despacito.”
Los espejos, muy educados, se quedaron quietos. Las baldosas, muy amables, dejaron de hacer “plim” y pasaron a un “mmm” de silencio cómodo.
Rizo bostezó. “Ahora sueño con baldosas blancas. Una. Dos. Tres…”
Su voz se volvió lenta, lenta, como una canción de cuna.
La veranda brilló tranquila. La señora Lila le acarició la oreja. Y Rizo, el zorro de la cola “fiu-fiu”, se quedó contento, en calma, con diez baldosas blancas guardadas en el corazón.