Parte 1
Lola la ardilla se acurrucó en su cama de hojas. Afuera, la luna parecía una galleta redonda. Lola cerró los ojos y sus bigotes hicieron “tic, tic”, como si contaran chistes en secreto.
De pronto, ¡plop! Lola estaba en una parada de autobús hecha de setas rojas con puntitos blancos. El suelo era blandito, como un cojín de musgo. Un cartel decía: “PARADA: AQUÍ SE ESPERA CON SONRISA”.
Lola se rió bajito. “Yo sé sonreír”, dijo. Y sonrió. Y sonrió otra vez, por si acaso.
A su lado esperaba un pato con bufanda de lunares. También había una tortuga con un sombrero muy alto, tan alto que parecía una torre.
El pato miró a Lola y dijo: “¿Vas a subir al bus sorprendente?”
“Creo que sí”, contestó Lola. “Pero… ¿dónde está el bus?”
La tortuga levantó un dedo despacito. “En los sueños, los buses llegan cuando quieren. Y cuando no quieren, llegan igual… pero por detrás.”
En ese momento, se oyó: “¡Piiip-piiip-piiiip!” Un sonido como de trompeta que se hizo cosquillas. Un autobús apareció dando un saltito, como si fuera un sapo gigante con ruedas. Tenía ventanas redondas, una sonrisa pintada en el frente y un letrero que cambiaba: “BUS”, “BIS”, “BOS”, “¡BES!”
El bus frenó con delicadeza: “fuuuu”, como cuando soplas una vela.
La puerta se abrió y una voz cantarina dijo: “¡Buenos días, buenas tardes, buenas siestas! Suban, suban, sin empujar, con orejas limpias y cola contenta.”
Lola subió. El suelo del bus era de madera cálida y olía a pan tostado. Los asientos eran de colores: azul, verde, amarillo, y uno que parecía color “mermelada de fresa”.
“Bienvenida, Lola”, dijo el bus, porque sí: el bus hablaba. “Soy el Autobús Bobalicón, pero muy educado.”
“Hola, Autobús”, dijo Lola. “¿A dónde vamos?”
“A donde tú imagines… y un poquito más allá, pero sin perder el camino”, respondió el Autobús Bobalicón.
Parte 2
El pato y la tortuga también subieron. El pato se sentó y su bufanda se enredó en el reposabrazos.
“¡Ay!”, dijo el pato. “Mi bufanda se abraza sola.”
“En este bus, todo es un poco abrazón”, explicó el Autobús Bobalicón. “Uno, dos, abrazo.”
Y el bus hizo: “Uno, dos, abrazo”, y las cortinas se juntaron un segundo como si aplaudieran. Lola se rió. Se rió otra vez, por si acaso.
El bus arrancó suavecito: “rum, rum, riiiim”. En vez de volante, el conductor era… una campana. Una campana grande que giraba y decía: “¡Din-don! ¡A la izquierda! ¡Din-don! ¡A la derecha!” Y lo más gracioso: no había conductor, solo la campana muy seria, como si fuera una maestra.
Por la ventana, el mundo pasaba como un dibujo: árboles con calcetines en las ramas, nubes con bigotes, y un río que hacía “glugluglú” como si tuviera risa en la barriga.
De repente, el bus se detuvo frente a un semáforo. Pero no era un semáforo normal: eran tres manzanas colgadas. La roja decía “PARA”, la amarilla decía “PIENSA EN GALLETAS” y la verde decía “¡VAMOS, VAMOS!”
La tortuga asintió muy lenta. “Yo siempre pienso en galletas.”
Lola también. “Yo pienso en galletas… y en avellanas.”
El Autobús Bobalicón susurró: “Aquí viene la sorpresa del día.”
Del techo bajó una máquina que repartía boletos. Pero los boletos eran… pegatinas con narices.
“¿Narices?”, preguntó Lola.
“Sí”, dijo el bus. “Son boletos olfateadores. Te ayudan a oler el camino.”
Lola pegó una naricita en su pecho. La naricita hizo “snif, snif” y luego señaló hacia adelante, como una flecha.
“¡Qué útil!”, dijo Lola. “Mi boleto huele el camino mejor que yo.”
El pato pegó una nariz en su bufanda. La nariz olfateó y estornudó: “¡Achís!” Y la bufanda se desenredó sola.
“¡Ja!”, dijo el pato. “Mi bufanda ya no se abraza tanto.”
El bus avanzó otra vez, cantando bajito: “rum, rum, riiiim… rum, rum…” Y Lola empezó a sentirse tranquila, como cuando te mecen.
Parte 3
Llegaron a una última parada. El cartel decía: “PARADA: CASA EN UN SUSPIRO”. Había una alfombra de hojas doradas, y el aire olía a chocolate suave.
El Autobús Bobalicón frenó con un “fuuuu” más lento. “Lola, tu sueño te trae de vuelta. ¿Lista?”
Lola miró a sus amigos. “¿Nos veremos otra vez?”
“En la próxima siesta”, dijo la tortuga, y su sombrero hizo sombra como una nube amable.
“Y si tu bufanda se abraza sola, ya sabes”, dijo el pato. “Uno, dos, abrazo.”
Lola bajó. El suelo de musgo era blandito. La parada de setas brilló un poquito y se fue apagando, como una luz pequeña que no molesta.
Lola sintió su cama de hojas bajo su barriga. Abrió los ojos despacio. La luna seguía siendo una galleta redonda. En su pecho, no había pegatina, pero Lola juraría que su nariz sonreía.
“Fue un sueño muy bobalicón”, murmuró Lola, y se rió bajito. Una vez más, por si acaso.
Acomodó su cola como una manta y escuchó el silencio suave de la noche. Todo estaba bien, calentito y tranquilo. Y Lola se durmió otra vez, pensando: “rum, rum, riiiim… uno, dos, abrazo…”