La pequeña Clara tenía un sombrero rojo. El sombrero rojo era suave y cálido. Clara quería salir al jardín. Era otoño.
Clara llamó a su amiga Eva. Eva tenía un suéter verde. El suéter verde era suave y cálido. Eva sonrió a Clara. "Vamos al jardín", dijo Clara. "Sí, vamos", dijo Eva.
En el jardín había hojas naranjas. Las hojas naranjas caían al suelo. Clara y Eva caminaron sobre las hojas. "Las hojas crujen", dijo Clara. "Sí, crujen", dijo Eva.
Clara vio una calabaza grande. La calabaza era naranja. Eva tocó la calabaza. "Es suave", dijo Eva. "Sí, suave", dijo Clara.
La mamá de Clara llamó desde la puerta. "¡Es hora de la merienda!", dijo mamá. Clara y Eva corrieron hacia la casa.
En la cocina, había galletas de avena. Las galletas de avena eran dulces y crujientes. Clara tomó una galleta. "Me gusta el otoño", dijo Clara. "A mí también", dijo Eva.
Mamá les contó una historia. "En otoño, las hojas cambian de color", dijo mamá. "Las hojas son mágicas", dijo Clara. "Sí, mágicas", dijo mamá.
Eva miró por la ventana. Vio el viento soplar las hojas. "El viento canta", dijo Eva. "Sí, canta", dijo Clara.
Mamá les sonrió. "El otoño es especial", dijo mamá. "El otoño es hermoso", dijo Clara. "Sí, hermoso", dijo Eva.
Después de la merienda, Clara y Eva volvieron al jardín. Jugaron y rieron. El otoño era suave y cálido, como el sombrero rojo y el suéter verde.
Cuando el sol comenzó a bajar, mamá llamó de nuevo. "Es hora de entrar", dijo mamá. Clara y Eva se abrazaron. "Mañana jugamos otra vez", dijo Clara. "Sí, otra vez", dijo Eva.
Clara y Eva entraron en la casa. El otoño continuaba afuera, con su magia y sus hojas naranjas. Era un día perfecto, lleno de risas y hojas que crujen. Y así, Clara y Eva soñaban con más días de otoño, llenos de aventuras y alegría.