—Hola, sol —dijo el pequeño erizo al despertar—. Hoy quiero ser valiente.
El viento susurró: —¡Vamos, erizo! El bosque mágico te espera.
El erizo rodó despacito. Sus púas brillaban como estrellas pequeñas. Encontró una puerta de ramas.
—¿Puedo entrar? —preguntó.
La puerta habló: —Solo los valientes pueden pasar.
El erizo se hizo grande en su corazĂłn.
—Soy valiente —dijo, y la puerta se abrió.
El bosque cantó suave: —Bienvenido, amigo erizo.
El erizo vio a la rana saltarina.
—¿Quieres jugar? —preguntó la rana.
—SĂ, quiero saltar tambiĂ©n —contestĂł el erizo.
SaltĂł, saltĂł, pero sus patas eran cortas. Se reĂa. La rana le dijo:
—No saltes alto, salta feliz.
El erizo sonriĂł. SiguiĂł adelante.
La luz bailaba entre los árboles. Una ardilla apareció.
—Hola, erizo. ¿Eres rápido? —preguntó.
—Quizás sĂ, quizás no —respondiĂł el erizo.
La ardilla corriĂł, el erizo caminĂł despacio. La ardilla esperĂł.
—Eres bueno y tranquilo, erizo —dijo la ardilla.
El erizo mirĂł el cielo. El sol le abrazĂł con su luz.
—He sido valiente —dijo el erizo al viento.
El viento cantĂł:
—Eres valiente cuando eres tú.
El erizo volviĂł a casa. Su corazĂłn era grande, suave y contento.
—Mamá, soy valiente —dijo el erizo pequeño.
Mamá erizo lo abrazó.
—SĂ, mi amor. Eres valiente. Eres tĂş.
Y el bosque susurró: —Valiente es quien se atreve a ser amable y feliz.