En un bosque lleno de árboles altos, vivía un oso llamado Bruno. Bruno era un oso perezoso. Le gustaba dormir y comer miel. Un día, mientras soñaba con grandes tarros de miel, escuchó un ruido.
“¡Oh, no! ¿Qué es eso?” dijo Bruno, abriendo un ojo.
Era un pequeño pájaro. “¡Bruno! ¡Hay una profecía! ¡Un gran tesoro está escondido cerca de aquí!”
“¿Un tesoro? ¿Es de miel?” preguntó Bruno, emocionado.
“No, es un oro brillante,” respondió el pájaro. “Pero debes ir a buscarlo.”
Bruno se estiró y dijo: “¿Buscarlo? Eso suena muy cansado. ¿No podemos dormir un poco más?”
El pájaro rió. “¡Vamos, Bruno! ¡Es una aventura!”
Así que Bruno decidió intentarlo. Caminó lentamente. “¿Dónde está el tesoro?” preguntó.
“¡Sigue las flores azules!” gritó el pájaro.
Bruno vio flores azules. “¡Mira! ¡Son bonitas!” dijo, olvidando el tesoro.
Al final, llegó a un gran árbol. “¿Está aquí el tesoro?” preguntó Bruno.
“No, pero hay miel,” dijo el pájaro.
“¡Miel! ¡Qué bien!” dijo Bruno, feliz.
Y así, Bruno se olvidó del oro y disfrutó de su miel. “La aventura fue divertida, pero ¡la miel es mejor!” rió. Y siguió comiendo, feliz en su mundo mágico.