En un circo brillante y colorido, un pequeño niño llamado Pablo saltaba de alegría. ¡Era su primer día en el circo! Estaba muy emocionado. Miró a su alrededor. Había luces brillantes y música alegre. Todo era tan divertido.
De repente, un payaso malicioso llamado Coco se acercó. Tenía una nariz roja y grandes zapatos. ¡Era muy divertido! Coco sonrió y dijo: "¡Hola, pequeño! ¿Quieres jugar conmigo?"
Pablo gritó: "¡Sí, sí, quiero jugar!"
Coco sacó de su bolsillo un montón de globos de colores. "¡Mira esto!" dijo Coco. Hizo un perro de globo y se lo dio a Pablo. "¡Es un perro volador!"
Pablo se rió. "¡Guau, guau! ¡Es precioso!" Decidió que quería hacer algo especial también. "Coco, yo quiero ser un artista del circo como tú."
Coco aplaudió. "¡Muy bien! ¡Vamos a hacer magia!"
Pablo cerró los ojos y pensó en algo mágico. De repente, ¡se le ocurrió una idea! Se subió a un pequeño tambor y comenzó a golpearlo. ¡Toc, toc, toc! La música sonaba y todos miraban.
Coco se rió y dijo: "¡Eres un gran artista, Pablo! ¡Toc, toc, toc! ¡Vamos a bailar!"
Pablo y Coco comenzaron a bailar. Movían sus pies y hacían movimientos divertidos. Todos en el circo comenzaron a aplaudir. "¡Bravo, Pablo! ¡Bravo, Coco!" gritaban.
Pablo estaba muy feliz. Se dio cuenta de que tenía un talento especial. "¡Esto es muy divertido!" dijo.
El circo estaba lleno de risas y alegría. Pablo se sintió como un verdadero artista. Desde ese día, cada vez que veía un circo, recordaba su mágica aventura con Coco, el payaso travieso. ¡Y siempre sonreía!