Un día, en el circo colorido, un niño llamado Pablo miraba todo con ojos muy grandes. "Mira, mamá, un payaso," dijo Pablo, señalando al payaso con una nariz roja y grande.
El payaso, llamado Tico, se acercó con una risa traviesa. "Hola, pequeño amigo," dijo Tico, sacando una flor de su bolsillo. "¿Quieres ver magia?"
Pablo aplaudió con sus manitas. "¡Sí, sí, magia!"
Tico sonrió y agitó la flor. De repente, ¡poof! De la flor salió un montón de burbujas. Pablo se rió mucho. "¡Burbujas, burbujas!"
Tico entonces dejó caer un malabar y dijo, "Oh no, ¿puedes ayudarme, Pablo?"
Pablo asintió, emocionado. Tomó el malabar y lo levantó. "¡Yo puedo, yo puedo!"
Tico aplaudió. "¡Eres un gran ayudante, Pablo!" Luego, Tico le dio a Pablo un sombrero gigante. "Ahora eres parte del circo."
Pablo se puso el sombrero. "¡Soy del circo!" gritó feliz.
Luego, un elefante pequeño pasó por allí, tocando la trompeta. Pablo bailó y Tico tocó una tuba. "¡Música, música!"
La mamá de Pablo sonrió. "Mira qué bien te lo pasas."
Pablo concluyó, "¡El circo es divertido!"
Y así, Pablo, Tico y el elefante bailaron felices. Al final del día, Pablo dijo, "Mañana más, mamá."
El circo guardó muchos secretos más para descubrir, y Pablo soñó con malabares, payasos y música. Dormía con una sonrisa, esperando nuevas aventuras.