—¡Hola, Lucho! —dijo la luna.
Lucho tenía dos años y le gustaba mirar al cielo.
—¡Hola, luna! —respondió Lucho, sonriendo.
Un día, la luna decidió bajar. ¡Plop! Cayó suavemente en el jardín.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Lucho con ojos grandes.
—Vine a jugar contigo —dijo la luna, brillando.
—¡Vamos a jugar a la pelota! —gritó Lucho, muy emocionado.
La luna se rió.
—Pero yo soy redonda y no sé jugar a la pelota.
Lucho pensó un momento.
—¡Ya sé! ¡Hagamos una fiesta!
—¡Sí! —exclamó la luna—. Pero necesito ayuda.
Lucho miró a su perrito, Floppy.
—Floppy, ven aquí. ¡Vamos a hacer una fiesta!
Floppy movió la cola.
—¡Guau! ¡Fiesta!
Lucho y la luna bailaron. Floppy saltaba.
—¿Qué comemos? —preguntó Lucho.
—¡Dulces de estrellas! —dijo la luna.
—¿Están ricos?
—¡Deliciosos! —respondió la luna, llenando el aire de estrellas.
Lucho y Floppy comieron dulces.
—¡Qué divertida es la luna! —gritó Lucho.
—¡Y tú eres el mejor amigo! —dijo la luna.
La luna se despidió.
—¡Hasta mañana, Lucho! —y volvió al cielo.
Lucho sonrió.
—¡Adiós, luna! ¡Te veo mañana!
Floppy ladró y Lucho se fue a dormir soñando con estrellas.