Había una vez una pequeña niña llamada Lía. Lía tenía dos años y le encantaba hacer sus tareas. Un día, estaba sentada en su mesita de colores, con su lápiz rosa y su cuaderno de dibujos. Lía decía: "¡Voy a hacer un dibujo muy bonito!"
Mientras Lía dibujaba, de repente, su pelota roja rodó bajo la mesa. "¡Oh, no!" dijo Lía. "¡La pelota se escapó!" Lía se agachó para recogerla y, al hacerlo, ¡se encontró con un gato muy gordo y peludo!
"¡Hola, Lía!" dijo el gato, estirándose perezosamente. "¿Quieres jugar conmigo?"
Lía sonrió. "¡Sí! Pero tengo que terminar mi dibujo primero."
El gato dijo: "¡No te preocupes! Puedo ayudarte." Y con un salto, el gato dio un giro y dejó caer un montón de plumas de colores. "¡Mira, plumas para tu dibujo!"
Lía se rió. "¡Eso no es un lápiz! ¡Es una pluma!" El gato se rascó la cabeza y dijo: "¡Tienes razón! Pero son plumas divertidas."
Entonces, Lía decidió usar las plumas. "¡Gracias, gato!" dijo, y comenzó a dibujar un gran pájaro con plumas de colores.
De repente, un pato apareció en la ventana. "¡Cuac, cuac! ¿Qué están haciendo?" preguntó el pato.
"¡Estamos haciendo un dibujo!" respondió Lía.
"¡Yo quiero ser parte!" dijo el pato, y saltó dentro, dejando un charco de agua. "¡Ups!" dijo el pato. Lía se rió. "¡Eres un pato muy divertido!"
Así, entre risas, Lía, el gato y el pato hicieron un gran desastre de plumas y agua. "¡Es un día loco!" dijo Lía.
Cuando terminaron, Lía miró su dibujo y sonrió. "¡Es perfecto!" dijo. "Un pájaro con plumas de gato y pato."
Y así, Lía aprendió que a veces, los mejores momentos son los que no planeamos. "¡Buenas noches, amigos!", dijo Lía, mientras su peluche se acomodaba junto a ella. "Mañana será otro día divertido."
Y con eso, Lía se quedó dormida, soñando con pájaros de colores, gatos perezosos y patos que cuacaban. Fin.